Era un día triste, las nubes grises cubrían el cielo. Aún no llovía, pero era predecible que eso sucediera de un momento a otro. No había ni un rayo de sol, ni un rayo de esperanza, solo se preveía una gran tormenta de la cual no se conocía el fin.
El pequeño Lucas estaba sentado en su cama mirando la calle, no había nadie paseando, y normalmente siempre hay gente en la calle, sacando al perro o yendo a comprar... Lucas no sabía por qué el tampoco podía salir a jugar con sus amigos, asi que fue a la cocina a preguntarle a su madre.
-Mamá, ¿por qué no hay nadie en la calle? Me gusta mirar afuera y ver a la gente, y hoy no hay nadie.
-Lucas, hoy hace mal tiempo, y va a llover. Y la gente cuando hace mal tiempo se queda en casa, como nosotros.- Contestó la madre mientras hacía el desayuno.
-Pero yo quiero salir, me gusta jugar en la calle con mis amigos.
-Cariño, yo te prometo que cuando pase la tormenta saldrás a jugar. Pero no puedes salir mientras esté lloviendo.- La madre miró a la ventana y vió como comenzaba a llover y señaló hacia ella para que el pequeño Lucas lo viera.
-No me gusta la lluvia, hace que todo el mundo esté triste y nadie quiera salir de sus casas.-Dijo mientras se sentaba en el taburete y se disponía a tomarse el vaso de leche.
-Es bueno que llueva de vez en cuando, Lucas, porque gracias a eso, cuando sale el sol todo el mundo está mas contento y lo valora más.
-¿Después de una tormenta sale el sol?
-Siempre. dijo la madre con una sonrisa en los labios.
Aunque nos veamos en días tristes y sin salida, siempre tenemos que recordar que es pasajero, siempre vendrán días mejores.
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